De Juan Clemente Sánchez
Juan Clemente Sánchez (Sevilla, 1960), poeta y novelista, nos presenta en Sueño con las marismas un relato fiel y delirante de la posguerra española; un tránsito desde la racionalidad a la alucinación. Héroes, víctimas y verdugos a medio camino entre la realidad y la pesadilla. Y mediante un abanico de registros, compone esta novela singular sobre la fatalidad de la existencia y su reverso tragicómico.
La narración, original y llena de giros, nos sorprende por esa corriente que serpentea entre la crudeza de la posguerra y el universo onírico donde están atrapados los personajes. Un movimiento que fluye sin transición en ambas direcciones igual que un mal sueño.
El autor apuesta por un discurso fragmentario y desdibuja figuras y paisajes con su deliberado juego de puntos de vista. Las diversas voces narrativas despliegan un estilo complejo y abigarrado. Si bien predomina la tercera persona, siempre omnisciente, se utiliza, además, la narración en primera persona cuando Raúl Sangremuerta o Soledad Barrientos toman la palabra. Raúl nos habla desde su estado de coma; Soledad, desde su muerte y sobre su vida y su muerte, porque se nota perdida en el más allá. Y Raúl la busca entre la bruma.
Sobresale, asimismo, una prosa exuberante que alcanza notables hallazgos líricos a través de sus constantes paradojas. Y un léxico muy variado en el que destacan los anacronismos y las referencias a temas actuales: estado de alarma, daños colaterales, emigran sin papeles... De este modo, al integrar estos conceptos modernos en el escenario de la posguerra logra dinamizar el relato y acercarnos el pasado.
Esta riqueza léxica nutre los diferentes niveles de lenguaje –del culto al coloquial– y sostiene el tono sombrío o el lirismo de pasajes como este: Qué belleza más extraña tienen las ruinas de los recuerdos.
Los personajes, poliédricos y esquivos, se desvanecen en la irrealidad bajo el yugo de una dictadura que condena a la muerte por hambre, que tortura, que asesina sin vacilar.
El libro comienza con un suceso extraordinario: unos niños hambrientos, barrigas llenas de aire, saltan sobre un castillo hinchable que, impulsado por violentas ráfagas de viento, alza el vuelo. Los niños siguen jugando en el castillo y engañan el hambre con sus piruetas. Mientras, en el valle de Perdido, su pueblo, comienza a construirse una presa que lo anegará todo en un tiempo que se hacía líquido.
El sepulturero Raúl Sangremuerta, desenterrando cadáveres para llevarlos al nuevo cementerio y amenazado por el teniente coronel Bocanegra, es un muerto en vida, como si la noche hubiera aflorado en su casa. María de los Ángeles, la desconcertante viuda con marido, mujer frágil con un alma de vidrio, habla con los muertos. La hermosa Soledad Barrientos, fusilada en cualquier tapia, se niega a morir. Neus, la belleza, la sabiduría, la bondad a pesar del sufrimiento, y cuyo marido fue asesinado. Elías Matatrenes, el miliciano que sabotea los trenes cargados de presos republicanos para el matadero: el idealista que no quiere y no debe morir.
Y en la otra trinchera, el cura y su suspicacia con los que no frecuentan la iglesia. El criminal teniente coronel Bocanegra, un despiadado asesino, un beodo, voz aguardentosa de matón. Y los soldados que matan como quien se fuma un pitillo. Con la misma indiferencia.
Y, por encima de todo, la sempiterna presencia de las marismas –sus aguas oscuras, sus mosquitos, su río Rojo de sangre, sus emanaciones venenosas–, que se erigen en un personaje vivo y pensante. Imbuidas de una oscura voluntad de justicia, las marismas despliegan su hostilidad para rechazar a los sanguinarios militares que se aventuran por sus dominios
De este modo, se nos ofrece un libro laberíntico, de gran densidad conceptual, que refleja la agonía interminable de un pueblo martirizado por la represión y por el hambre. Muertos sobre muertos, que no pesan en la conciencia porque no hay conciencia del mal. Y muertos que se niegan a morir y vagan con el peso de la vida. Vivos que languidecen; criminales irredentos… Miseria y ansia de sobrevivir de la pobre gente sometida. Vivos y muertos sin esperanza, atrapados en una existencia kafkiana que se prolonga hasta el infinito.
En definitiva, Juan Clemente Sánchez, con depurada maestría, consigue transformar el espanto de la represión en una pieza de orfebrería onírica. Así, Sueño con las marismas resulta un ejercicio de memoria necesaria que nos envuelve en su bruma para que la tragedia no caiga en el olvido. Un testimonio vivo. Como los muertos que pueblan sus páginas y se resisten a morir.
Isabel Martín Salinas

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